Guardado en: Asamblea Constituyente, Constitución, Reforma Política, Acuerdos
Escrito por: César Montúfar
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1 comentarioCésar Montufar
El presidente Correa debe entender urgentemente que la polarización no llevará al país al cambio de modelo político, económico y social que ha propuesto. Debe estar claro que la retórica del candidato no es suficiente para gobernar un país atascado, sin posibilidades de cambio. El presidente Correa no tiene otra opción que abrir su discurso al liderazgo de un acuerdo nacional más amplio alrededor de la Asamblea Constituyente. De lo contrario, su propuesta de transformación quedará atacada en la maraña que le tenderán las fuerzas políticas tradicionales con Lucio Gutiérrez a la cabeza. El diagnóstico es simple. Todo gobierno debe interactuar con el Congreso. Aún cuando el proceso constituyente caminara rápido, sin obstáculos y de acuerdo al libreto presidencial, el país tardará alrededor de un año y medio en producir una nueva Constitución y en reorganizar sus instituciones. ¿Qué va a hacer Correa mientras tanto? ¿Quedará el país inmovilizado, solo pendiente de la Asamblea y de su reforma? No, a Correa le tocará sentarse a dialogar y negociar con las fuerzas parlamentarias y para mala suerte del Presidente, en el actual Congreso, la fuerza dirimente es el PSP y Lucio Gutiérrez. Tarde o temprano le va tocar dialogar y acordar con las “víboras”y “traidores” a quienes descalificó y, entonces, todo el andamiaje de su discurso y su misma identidad política pudieran venirse abajo. En esa vía y para colmo, Correa terminará entregando a Gutiérrez no solo la conducción de la Asamblea sino de los proyectos más importantes que deba tramitar en la Legislatura. ¿Qué explicación dará, entonces, Rafael Correa a sus electores? ¿Qué nos dirá a los ecuatorianos que vimos en el “gutierrato” la peor incubación autoritaria de nuestra historia reciente cuando el Coronel funja del gran arquitecto constitucional del Ecuador?
Al Presidente no le queda más que abandonar su discurso de descalificación y vestirse de la talla de un estadista convocando al país, a todas sus fuerzas políticas, sociales y económicas a un gran acuerdo que viabilice el “cambio de época” que tanto preconiza. Si no lo hace y persiste en su estrategia de polarización, quedará a la merced de pactos de trastienda que ya no podrán maquillarse con insultos de bambalina. Las expresiones contra Gutiérrez en Zumbahua pueden pasar una vez; la segunda, olerán a doble discurso e hipocresía. Con macabra sal quiteña, a raíz del viraje de PSP a favor de la Asamblea, alguien decía que por fin en el Ecuador se selló el TLC, es decir, el Tratado Lucio-Correa. Si el presidente no enmienda y no abre el marco de un gran acuerdo nacional, que saque las negociaciones políticas, indispensables en todo régimen democrático, del ámbito exclusivamente parlamentario, el TLC será el sino trágico del Gobierno; el maleficio del que no podrá escapar y que pondrá en la boca y en la actitud presidencial un sabor a continua inconsistencia y doble discurso. Rafael Correa tiene una oportunidad histórica: invertir su volátil capital político en liderar un acuerdo nacional por el cambio.