Sapo y mojigato
Escrito por: mefistoA propósito de la Semana Santa, en la que aprendimos, entre otras cosas, a lavarnos las manos y a encontrar culpables para nuestros propios errores, es posible establecer un paralelo con ciertas acciones de nuestro bienamado presidente.
Todo lo que le molesta, todo lo que parece oponerse, racional e irracionalmente, eso a el no le importa, a su agenda, recae en la categoría de “regulable”. Aut Caesar, Aut Nihil. Tiene un problema personal con los clubes y ya intenta desacreditarlos. No es lo suficientemente democrático como para aceptar opiniones divergentes y ya habla de la necesidad de regular los medios de comunicación. El negocio bancario escapa a su lógica política y pretende revivir una ley bancaria que fue blanco de la oposición de quienes ahora se sientan a su lado en la mesa presidencial.
Pero se lava las manos. El no va a regular, no va a legislar, no va a limitar ni va a prohibir. Todo eso lo hará la Asamblea Constituyente. Correa capitaliza el desconocimiento popular de cómo funciona el Estado y sus relaciones con la prensa y el sector privado, y enciende mechas. Pero esconde las manos recién lavadas y endilga todas esas opciones y todas esas discusiones a la “sabiduría popular”. Pero no informa ni comunica, más bien polariza y enfrenta. No motiva a razonar, sino a ser visceral e impulsivo.
Sir Winston Churchill decía que uno puede entender el problema de una democracia sosteniendo una conversación de cinco minutos con el votante promedio. Correa lo sabe, y lo aprovecha encontrando eco en esos votantes promedio, para quienes el remedio contra nuestro oneroso sistema bancario es la represión, y contra una prensa con opiniones divergentes y análisis centrado es una mordaza.
La segunda lección aprendida de hace dos mil años, y aprovechadamente instituida por el presidente es ese deporte nacional de encontrar culpables para nuestros errores. No adopta actitudes de bronquista de barrio sino que reacciona a los desalmados ataques de sus opositores. No es un populista pendenciero sino que atiende las necesidades del pueblo y se comunica con él. No incurre en mayores violaciones al derecho a la propiedad y a la libertad de prensa, sino que abre el debate y lo lanza a un pueblo que ha soportado vejámenes y ha visto impotente cómo un sistema mercantilista, mucho más socializado de lo que admiten el presidente y su entorno, diluye los pocos recursos del Estado e inmoviliza los pocos programas encaminados a que la gente, el pueblo, aprenda a trabajar y desarrollarse por sí solo.
Irresponsablemente, el presidente abre el debate y lo lanza a un pueblo del cual, si no logra imponerse el NO, saldrán los asambleístas que decidirán el destino de la Patria y trazarán su camino. El problema es que el pueblo, a menos de 100 días desde que “la Patria ya es de todos”, se encuentra politizado y adoctrinado por la gigantesca maquinaria gubernamental y por la (aparentemente) ilimitada chequera de que dispone el presidente para hacer campaña y avanzar su agenda.
