Socialismo del siglo XXI - Contrapunto con Hans Dietrich
Por Diego Borja Cornejo
Representante a la Asamblea Constituyente
Movimiento Poder Ciudadano
Fue motivador el encuentro con Hans Dietrich, el teórico del socialismo del siglo XXI, que estuvo en la Mesa No 6 sobre “Trabajo, Producción y Empleo”, de la Asamblea Constituyente del Ecuador a la cual pertenezco.
El socialismo es un sistema de organización social que si se lo ve desde los postulados del fundador del comunismo, Karl Marx, no ha sido alcanzado por la humanidad hasta el presente. El socialismo que realmente existió en la Unión Soviética y el Bloque Socialista de Europa del Este, mostró grandes logros en el terreno de lo que en el lenguaje marxista se llaman las fuerzas productivas, por ejemplo, la enorme industrialización y el desarrollo científico – tecnológico que le volvió a un país de agricultura atrasada, como Rusia, una potencia mundial –del siglo XX o sea industrial y militar-, en menos de 50 años. Pero este socialismo, fracasó en, lo que también en el lenguaje marxista, se denomina el terreno de las relaciones sociales de producción, sobre todo en la construcción democrática y dentro de ella en el logro de un régimen de verdadera propiedad social sobre los medios de producción. Esta más bien se confundió –con la complicidad de las burocracias y las nomenclaturas- con la propiedad del Estado gestionada por los llamados Partidos Comunistas.
Le pregunté a Hans Dietrich, ¿por qué le pone una temporalidad al socialismo? ¿Por qué le llama socialismo del siglo XXI, si cuando seguimos a los teóricos y a los prácticos del socialismo este es una construcción social que se adecúa al tiempo en el que los sujetos históricos estructuran esta organización social? Así fue el socialismo de la Comuna de París, de 1871, el socialismo bolchevique de 1917, el socialismo industrializado de la URSS de post segunda guerra mundial (1950 – 1989), el socialismo chino que combina propiedad estatal, partido comunista, apertura internacional y propiedad privada, desde finales de los años 70 hasta ahora. Su respuesta fue simple y directa. “Se trata de un adjetivo”, dijo, para diferenciarlo, en el plano teórico, de lo que fue el socialismo utópico y científico del siglo XIX y del socialismo que él llama histórico –el que se realizó en Europa en el siglo XX-. La economía, que determinó al socialismo del siglo pasado, insistió, ya no es la misma ahora y el adjetivo “XXI”, tiene el papel de calificar al sustantivo “socialismo”, en las nuevas condiciones de la sociedad actual.
Esta definición simple, no deja de ser importante, recordemos que la consigna de los bolcheviques “pan, paz y tierra” fue igualmente simple y no por eso menos profunda y enormemente movilizadora de la voluntad de transformación de obreros, campesinos y soldados en la Rusia de 1917.
La pregunta de fondo, entonces, para los que estamos en la práctica de la transformación social se orientaría a saber ¿cuáles son los contenidos del socialismo del siglo XXI? Puesto que es ahí, donde se tiene que entablar la gran polémica de las fuerzas de la transformación, la filosofía y el pensamiento social tienen que contribuir no solo a entender el mundo, sino a transformarlo.
Dietrich dice, “el socialismo del siglo XXI no es mesiánico, es una teoría científica”. En tal sentido, “tiene que haber evidencia empírica, tiene que haber rigor en el análisis –y digo yo, algo que es fundamental para iniciar el debate sobre la construcción de cualquier nuevo orden social-, no puede ser una imposición”. Pone de ejemplo incluso una producción teórica venida de las ciencias naturales. “Cuando Newton revela la teoría de la gravitación universal –dice Hans Dietrich-, no lo hace por imposición, sino por revelación de leyes que se muestran evidentes ante los ojos de los científicos. Con el socialismo debe ser igual, porque es una teoría científica”.
Yo encuentro en esto, una alusión clara a la vía democrática que es esencial para iniciar la discusión política sobre el socialismo. Esta alusión democrática es esencial, porque en el pasado en nombre de la transformación social, la democracia llegó a ocupar las últimas escalas de prioridad de ciertas “vanguardias”, cuando no se la pisoteó de manera pura y dura. Y no me refiero a la democracia formal - electoral, a esa de quien más plata tiene más votos puede obtener. Me refiero a la democracia con contenido, a la de la participación social, a la de la libertad de expresión, a la que permite un ambiente propicio para la creación, para el ejercicio de la plena humanidad.
Hace unos días, en La Habana, donde asistí al X Encuentro Internacional sobre Globalización y Problemas del Desarrollo, se recordaba la alocución de Fidel Castro de hace diez años en ese mismo evento. “Cualquier sistema, llámese socialismo, llámese comunismo o como quiera llamárselo, tiene que ser uno mejor que lo que ha conocido la humanidad con el capitalismo”, decía Fidel Castro. Entonces, a la construcción social que realice la humanidad en los años venideros, donde sean principales los contenidos de equidad, desarrollo, respeto ambiental, justicia, siempre tendrá que acompañarle el contenido esencial de democracia. La organización social del futuro, que se asemejará más a una organización socialista de profundo carácter humanista, será profundamente democrática – participativa – deliberativa. En América Latina, además, será más igualitaria que la actual. Recordemos que, vergonzosamente, esta zona del mundo es la de mayor desigualdad, mayor que la de Africa, inclusive. Aquí la desigualdad, la inequidad, la injusticia social, se acepta como un hecho natural que no se puede cambiar. De forma que es imperativo el tránsito hacia una organización equitativa, donde las personas y las colectividades tengan mayores accesos y oportunidades y no se tenga que decir como la canción que “alguien escupa sangre, para que otro viva mejor”. En esa línea es extremadamente alentador saber que Cuba, se diferenció en sus políticas sociales por su enfoque humanista del resto de los países de América Latina que aplicaron las recetas neoliberales durante los años noventa. Incluso en la peor época del período de escasez que vivió la Isla (entre 1991 y 1994), luego de la caída del muro de Berlín, que se sumó al cruel bloqueo impuesto por el gobierno de los Estados Unidos, cuando no había combustible, cuando buena parte de la capacidad instalada industrial estaba parada, cuando se redujo el crecimiento de la inversión en casi todos los campos, no se rebajaron las inversiones en educación y la salud, y la mortalidad infantil disminuyó también en esos años.
En la propuesta de Karl Marx, era el proletariado, o sea, el trabajador industrial, el desposeído de los medios de producción, la fuerza emancipadora que liberaría a los explotadores de su situación de tales y a los explotadores, de la ignominiosa tarea de explotar. A decir de Marx, el proletariado, al no tener nada que perder, sino “únicamente sus cadenas” se convertiría en el portador del proyecto revolucionario del comunismo.
En su gran mayoría, el trabajador del siglo XXI tiene poco que ver con aquel del siglo XIX, especialmente en los países industrializados y en los sectores más avanzados de los países económicamente menos desarrollados. El trabajador de esa época cumplía jornadas laborales de esclavitud de 14 y 16 horas, en sitios insalubres, bajo temperaturas extremas de calor y frío, con escasa luminosidad, con raciones de hambre, con poco descanso y en lugares paupérrimos, agobiado por la desnutrición, la tuberculósis y otras enfermedades, con instrumentos de trabajo toscos y precarios, donde la fuerza física era un imperativo. Hasta bien entrado el siglo XX, el capitalista preocupado por extraer lo máximo de los trabajadores se ocupó de diseñar las fábricas de forma que estos realicen la menor cantidad de movimientos innecesarios, por controlar al máximo el tiempo de trabajo en la línea de producción, por hacer de los trabajadores más parecidos a los robots que a un ser por naturaleza creador.
Pero ahora, en el siglo XXI, es difícil establecer una línea clara de separación entre la creación manual, basada en la fuerza física y la creación intelectual del trabajador. Cada vez más se puede hablar de “trabajadores simbólicos”, o sea, personas capaces de desempeñarse frente a una consola de computador, de leer gráficos, barras, símbolos en la pantalla de un ordenador, de controlar instrumentos avanzados en la esfera industrial y agrícola, no se diga en el sector servicios, de capacitarse de manera continua, de entender instrucciones en varios idiomas, de participar en reuniones de diseño y planificación. En estas condiciones, le pregunté a Dietrich, ¿quién es el portador del proyecto revolucionario en ausencia del proletario del marxismo de Karl Marx? Dos interesante líneas de respuesta dio el teórico del socialismo.
En primer lugar, afirmó que “la estructura de clases actual es completamente diferente a la de la época de Marx. Por ello, dijo, no habrá un solo sujeto que va a trabajar por la transformación. Serán muchos: trabajadores, campesinos, pequeños propietarios y productores, profesionales, mujeres, jóvenes y otros”. En segundo lugar, sostuvo que lo que habrá que definir es ¿quién es la vanguardia? Y al respecto, Dietrich propone que no existe una determinación a priori. “No es el obrero, no es el indígena, no es la mujer, será el que se destaque por su aporte a la transformación. Vanguardia es un atributo moral y se gana quien entienda mejor que otros la situación actual, quien explique mejor que otros y quien pueda impulsar los cambios junto a la gente. El que dé ejemplo”.
A mi entender no puede haber socialismo sin un componente ético en el proceso de transformación. Soy de los que creen que no hay predestinados para llevar adelante el cambio profundo. Serán las fuerzas que prediquen con el ejemplo, las que honren la palabra, las que puedan acercar el discurso a la acción, las que pertenezcan a esa “estirpe de aventureros que –como decía el Che-, están dispuestos a poner el pecho por delante”, las que confluyan en el gran torrente de la transformación.
Creo, le dije a Hans Dietrich, que no hay padres del socialismo, como algunos le imputan a Usted. El socialismo es una construcción de las masas irredentas, de los que “dijeron basta y echaron a andar”, de los que entregaron su vida en la lucha anticolonial y de liberación nacional, de las masas obreras que se enfrentaron a las dictaduras sangrientas y genocidas, de los campesinos de las grandes marchas, de los estudiantes que lo revolucionaban todo, no solo la vida social, sino la vida cotidiana, de los millones de indígenas que alzaron su voz y dejaron de ser anónimos, de los negros “en machete y sin encadenar”, de las mujeres que se sumaron a la liberación social y exigen la liberación sexual y la equidad de género, de los que claman por el respeto a la vida en la tierra, poniendo el valor de la vida por encima del valor crematístico que todo lo que toca lo vuelve mercancía. Y, claro, Dietrich, teórico del socialismo, dijo “toda teoría científica es colectiva, no solo de escuelas científicas sino de 5.000 años de historia humana”.
En la visión marxista, el comunismo era “el paraíso en la tierra”. Era una sociedad en la que la gente sería realmente libre, una sociedad de trabajadores libres, donde la libertad se fundamente en la conciencia de la necesidad. Evidentemente, esto no se ha alcanzado. Una humanidad, donde 1 de cada 6 habitantes todavía tiene hambre, puede parecerse más al infierno que al paraíso. Sin embargo, como nunca antes en la historia, la tecnología creada por el ser humano, podría permitir el alcance común del bienestar. La tecnología existente podría permitir que la humanidad se vea liberada del hambre, de la pobreza, de la ignorancia, de la enfermedad. Pero esa tecnología, es controlada por grupos humanos que prefieren acaparar la riqueza y los frutos del desarrollo para su propio y particular disfrute. O sea, no es la tecnología y sus frutos lo que nos falta, sino su distribución equitativa, democrática y justa.
Con ello termino diciendo, de mi cosecha, no de la de Dietrich, porque no hubo tiempo para entrar en esto: las condiciones tecnológicas de los últimos 10 años están dadas para hacer que los postulados del socialismo iniciado en el siglo XIX se alcancen en el siglo XXI. El gran desafío es el de la conciencia. Ojalá a la humanidad no le falte conciencia, para hacer de la posibilidad una realidad.
Ciudad Alfaro, Montecristi, 11 de marzo de 2008